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jueves, 4 de diciembre de 2008

Louis Vuitton hace a todo



Louis Vuitton hace a todo. Da igual si es un político clave de la perestroika o una vieja estrella de rock o una emergente y sexy actriz de hollywood. El anagrama se reinventa a si mismo una y otra vez, a veces de la mano de diseñadores mangas y otras veces del siempre ocurrentísimo Marc Jacobs. Marc dice que después de ver una de sus actuaciones se quedó extasiado por la energía que desprendía la indómita y musculosa reina del pop. Así que en esas charlas de brain stormin que hacen en las multinacioneales que trabajan como dios manda dijo él: llamemos a Madonna. Y claro como esta gente tiene sus teléfonos, se mueven en los mismos bares y compran en las mismas tiendas, pues nada que le mandó un sms y ella encantada con la idea de colaborar con la casa francesa contestó en cinco minutos. A mi me parece que lo que hace Marc es tirar de amiga. Para que la cosa quede coqueta llamas a otro de los habituales Steven Meisel que ya es amiguito y colaborador de Madonna en otras ocasiones como el ya no tan atrevido libro Sex. Las fotos están ambientadas en un bar francés que recuerda las de Vieja bebiendo absenta pero que están hechas en un restaurante de Los Ángeles. Madonna puso todo su talento en la sesión. Demostrando que sabe poner cara de mala interesante y que su flexibilidad corporal está aprueba de bombas. El dueño de la compañía Lucas Arnaultt ya ha asegurado que la camapaña que empezará en febrero será contundente y que no se le ha apagado a la cantante los diez millones de dólares que están asegurando algunos medios. Claro que tampoco dice cuanto menos le han pagado.


Publicado también en Beijing Rocks

miércoles, 26 de noviembre de 2008

El negro os sienta tan bien






















Es un día claro de invierno. Una luz fría se recuesta sobre las tumbas del cementerio del Este. Entre la verticalidad de las lápidas medita un hombre: un periodista enfundado en un abrigo de paño negro con los cuellos volados. Tiene la expresión adusta y la cabeza encorvada. Sus manos largas están tostadas por el sol y sus gestos, suaves, transmiten sosiego.

Nació en Madrid, en el barrio de la universitaria, hace ya más de treinta años. Cree en el sol, en la obstinación y en el hombre. Es hijo de una artesana y un contable. Hasta ahora ha sido bien poca cosa: empleado de un agente marítimo, redactor en la sección de local de un diario en quiebra, trompetista de reemplazo. Acaba de recibir una noticia pésima: va a morir dentro de tres años. Por eso acude al camposanto a dejar caer allí su meditación:

“Para quien pierde su vida, nada hay donde aferrarse, y ningún lugar donde la melancolía pueda salvarse de sí misma”.