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domingo, 17 de febrero de 2008

Mal del Madrid consuelo de culé




Tenía guardado el post sobre Henry del Capitán Akab en la nevera como dicen los clásicos, esperando que el francés cuajara una buena tarde con el Barcelona o que al menos el equipo levantara pasiones e hiciera posible esas machadas de las remontadas y del "juntospodemos". Pero visto lo visto, me rindo a la evidencia y no veo yo al equipo para muchos trotes ni a Henry para muchas filigranas. Equivocarme en esto me haría feliz. Pero a veces lo que se ve es lo que hay. Así que miren aprovecho la metedura de pata del rival para subir el post y decir eso de mientras matemáticamente uno no sea campeón de liga, pues eso, no es campeón aun.

Thierry Henry para Pepsi:



Thierry Henry para Reebok:

lunes, 27 de agosto de 2007

… y el fútbol regresó a Chamartín


Parece que las musas se han vestido el uniforme blanco y, de pronto, chispean granos de café en el campo. Cuando todos los agoreros sospechaban que, tras la vacilante preparación, el equipo iba a caer en el sopor crepuscular que suele abatir a los equipos campeones, tres puntos han llovido desde el cielo de la capital en una armoniosa borrasca de abundancia balompédica. Quizá se trate de una tormenta veraniega, de un fenómeno estival: jugados noventa minutos en la pradera de Chamartín, queda todavía un mundo para que se dirima la guerra; parte se disputará en el alambre de la suerte, parte se fraguará en el abismo del destino.

En sólo un año, el Real ha experimentado las contradictorias inspiraciones que distinguen al mejor. Ha disfrutado durante un instante de la gloria del vencedor, y luego, confundido por los gritos, ha observado que todo nuevo campeón se inicia en una nueva época por el mero hecho de serlo. Desde aquella noche de junio en que se sorteaba la Liga, los muchachos se han sentido admirados, envidiados, comparados, criticados y vilipendiados, es decir, perseguidos. Han comprobado que en sus vidas de futbolistas toda la adhesión es condicional: se renueva con el tercer acierto y se retira con el primer fallo. Nunca habían llegado a sospechar que una camiseta nívea, impoluta, apenas lastrada con un dorsal y una marca, pudiera pesar un quintal.
Con permiso de los demás actores nuevos, Bernardo Schuster es la nueva válvula que regula el entramado. Casi nadie se detiene a recordar que en su día fue el sucesor natural del Kaiser Beckenbauer. Deba gusto verle jugar, aplomado en mitad de la cancha. Con su talla de guardarropa, su boca ancha y su melena nibelunga lo mismo acertaba una falta por la escuadra, como distribuía el juego en todas las direcciones, como transmitía a los espectadores la inequívoca sensación de que fútbol era él. Ahora, soldado al fuselaje del banquillo merengue, necesita a alguien que le trace el terreno de juego de centros, alguien que le imprima a la pelota cierta relación de jerarquía, alguien a quien dejar su traje de seda prusiana y su bastón de mando. El nuevo ideario madridista ha revitalizado a jugadores como Raúl, Guti y Robinho. Schuster decidió que si sólo contaba con dos puñales, se los iba a dar a los delanteros. El capitán se lo colocaría entre los dientes, y Robson lo guardaría debajo de la media. Sin embargo, la vara de Arellano era para Gutiérrez. El rubio de Torrejón desenfundó el sábado el telémetro y se apostó en la garita de la media luna para mandar. Antes de que pitara el de negro, entre los tres habían ganado el partido.

Capitán Akab

domingo, 4 de febrero de 2007

Gutiérrez



Al inicio de la tarde el viento frío se levanta por la castellana entremetiéndose por entre la camiseta y el pantalón de la hinchada. Otro domingo que en lugar de disfrutar de un partido de fútbol, hay que ir al tajo.
Cerca de concha espina se puede observar como el terreno de juego está cercado por cuatro vallas amarillas, un buen número de luces de obras parpadeantes y once palancas retroexcavadoras. El césped llano por el que antes se escuchaba el susurro de un fado portugués es ahora tan transitable como un arrozal. El medio campo que antes servía como escenario, se parece más a un patatal chipriota, a un campo recién levantado, con hormigoneras y obreros con casco por encima. En el Real, desde que en junio comenzó la obra con los patronos, en lugar de deportistas se reclutan peones. Tipos más acostumbrados al olor del aceite que al papel couché. Si antes el verde cosmopolita madridista estaba decorado con estilo británico, cerámica argelina y se hablaba en portugués, ahora es un amasijo de hierros, una babel, un montón de escombros repartidos entre las filas de cemento. Como si el trote cochinero de michel salgado se hubiera levantado por encima del exotismo explosivo de ronaldo. Al mando de la faena, un tipo mustio cincelado en turín, reparte órdenes y escupitajos a partes iguales. Es capaz de mandar cuando empieza el partido al ingeniero de caminos, un inglés licenciado en Manchester, a por un bocadillo de calamares. De la misma forma que envía a su mejor soldado a hacer la mili a pamplona, enjaula en una banda al jilguero Robinho o se saca de un plumazo al estibador Julio, y lo intercambia por una réplica de la figurita sevillana de lo alto de un televisor. Queda poco para que una cuadrilla pase el tiempo perdido en la esquina de padre damián, jugándose los cuartos a los dados, porque el capataz les ha sorprendido intentando hacer un regate.
Sin embargo, el torneo es un atractivo tablero repleto de trampas en donde se gusta el intercambio de recetas de fortuna. Allá donde cae el primer oficial, surge Guti ataviado con la escuadra y el compás, dispuesto a intercambiar mérito por geometría. Ya en el centro del campo con la batalla llena de balas, Guti se despojará de la capa y sacará sus prismáticos: calculará la trayectoria del viento, ordenará milimétricamente las líneas del equipo. Con el tiempo, cuando el barro se agarre al calzón blanco, instigará al contrario a la búsqueda de la bola en su mesa de trilero. Para cuando el medio contrario levante el vaso escogido, Raúl ya cabalgará la banda con el billete entre los dedos.

Capitán Akab