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martes, 1 de septiembre de 2009

En busca del chic francés VI











Pues miren aquín hemos tenido rodando en los míticos puentes de París. ¿Qué hacía nuestro corresponsal mientras? Probar cervezas belgas. Me alegro de no haberle mandado con dietas.

Fuente: The JJB

martes, 18 de agosto de 2009

Carla Bruni luce abdomen presidencial








Me parece a mi que hay mucha tontería con esta parejita, que se le ríen todas las gracias vaya. Y ahora resulta que ella es superestilosa y que él es supercariñosa y que el papel de la primera dama es clave en la buena imagen de un país y ...

Nota: guardábamos las fotos para ilustrar una opinión fundamentada de nuestro corresponsal en París sobre la percepción de los franceses de su presidente y su esposa, pero resulta que está en Bélgica haciendo turismo, así que antes de que caduquen...


Fuente: Celebutopia

jueves, 13 de agosto de 2009

Cartas desde París. Hoy Étoile y Champs Elysées.

Exigencias del guión obligan al viajero a perderse en el octavo arrondisment, pudiente y espurio, por sus comercios prêt-à-porter, residencias oficiales y visitantes de la jet set. No obstante, la exploración parte de la place de la Concorde, excitante rectángulo diáfano presidido por el bello obelisco de granito rosa con punteado dorado de 3.300 años de antigüedad obsequiado a París por el pachá egipcio Muhammad Alí en 1831.


La Concorde, que recibió su nombre tras el Reino del Terror de 1793, tiene en su memoria 1.393 decapitaciones. Aquí rodaron, por ejemplo, las cabezas de María Antonieta, Luís XVI, Danton o Robespierre. Al norte se encuentra La Madeleine, cercada con decenas de tiendas delicatesen entre las que destaca la legendaria Maxim’s.



A dos pasos de donde le rebanaron el cuello a Saint-Just, en el 55 de la rue Faubourg Saint-Honoré, se levanta el Palais du Elysée, habitado inicialmente por la marquesa de Pompadour, la emperatriz Josefina y, desde 1873, los presidentes de la República. Al entender del viajero, el único presidente reseñable fue Charles de Gaulle, autor del llamamiento a la Resistencia de la Francia Libre contra las fuerzas del Eje en 1940. Hoy el palacete es un inaccesible fortín, custodiado por atractivos guardias de gorra blanca.



La estela del glamour se extiende hacia el sur por la avenue de la Montaigne. Bulevar arbolado designado como escaparate por los modistos que más dinero estafan por sus diseños. Las firmas de moda más célebres del mundo muerden por un espacio en esta calle del lujo. Más interesante que seguir las manos que extienden cheques en las tiendas de ropa es observar a sus chóferes en las aceras, con trajes negros, corbatas estrechas y zapatos relucientes, fumar trujas al lado de sus vehículos de postín.



El viajero tiene el suficiente aguante para no lanzar un coctel Molotov y se aproxima al final de la calle para contemplar el Theatre de los Champs, recinto consagrado a la cultura que ha pasado a la historia por las innovadoras composiciones de Igor Stravinski y las exóticas actuaciones de la diosa Josephine Baker. Allá por la década de los 30, la Venus de ébano, nacida en San Luís (Missouri), emerge al escenario medio desnuda, pelo alisado y plumas a modo de taparrabos y sale a cuatro patas con las piernas rígidas y el trasero más alto que la cabeza después de una danza descomunal. El auditorio es un clamor. La Baker no sólo tiene en su haber la Legión de Honor por sus mensajes con tinta simpática enviadas en las partituras de sus canciones sobre los movimientos de la Wertmarch, también pasa a la posteridad por su lucha contra la marginación social.



El viajero prosigue su marcha ascendiendo los dos kilómetros arriba que le conducen al Arco del Triunfo. Por el camino descubre boutiques de bolsos, concesionarios de fórmula uno, heladerías, cines y también, por qué no decir, ancianas encorvadas que piden limosna entre tanto derroche.




Para terminar con el exceso, el viajero opta por digerir tanto sacamuelas con la visita al Le Boeuf Sur le Toit, sito en el 34 de la rue de Colisée, habitual posada de Leo Ferré, para quien el anarquismo era “la formulación política de la desesperación, y máximo testimonio del amor. Más que una doctrina, el anarquismo es una actitud”. Y después se abandona a una cerveza Doble tres, y respira el aliento contenido que Jean Seberg dejó Al final de la escapada, mientras voceaba por estas calles aquello de “¡International Herald Tribune!” con su voz aguda, su pelito corto y ese cuerpo suyo tan de pecado mortal…

Javier Rambert

miércoles, 12 de agosto de 2009

Cartas desde París. Hoy, Saint Germain des Prés.


De poder rebobinar la cinta de la vida habría que hacerlo hasta un tiempo en el que la partida se jugara de verdad, a todo o nada. Sólo en esos momentos es cuando uno puede tomar conciencia de sí mismo. Conocer su propia medida. En los instantes trascendentes de la existencia se sabe si uno está hecho de corazón o de madera.


La ubicación del viaje del tiempo sería perfecta hacerla en Saint Germain de Prés. El VI arrondisment no es cualquier barrio. Se ha cimentado con ese material intangible de la épica. Este quartier ha proporcionado cobijo, calor y bebida a un sinfín de artistas, intelectuales y ciudadanos comprometidos. Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Robert Desnos o Antonin Artaud demostraron su valía en sus terrazas. Así han hecho míticos (e inaccesibles) lugares excepcionales, como la brasserie Lipp, Les deux Magots o el Café de Flore (una ensalada de tomate, terrina de foie y tres cañas: 65,20 machacantes).


Aquí es donde tenía su atelier Pablo Picasso. En el número 7 de la rue des Grands Augustins el maestro pinta el Guernica para la Exposición Universal de París. Cuando la ocupación alemana, los oficiales nazis le incordian día sí y día también en el taller. Él les distribuye tarjetas del cuadro: “Llévenselo, llévenselo de recuerdo”. “¿Lo ha hecho usted?”, preguntaban mosqueados. “¡No, fueron ustedes!”, respondía el artista.


Pero no nos detengamos en lugares comunes y esbocemos nuevos hallazgos. Como el de Sylvia Beach, a quien el viajero imagina obstinada, de Burgos y con unos perspicaces ojos verdes. Esta señorita abre, en el 12 de la rue de Tournon, la librería Shakespeare & Co., lugar de encuentro de los escritores de la Generación Perdida (Hemingway, Scott-Fitzerald, Dos Passos, Stein…).
Además de prestar libros, servir tés gratuitos endulzados con sirope de arce y alentar a los escritores sin blanca, la dama editaba. Entre otros, el Ulises, de James Joyce, que volvió a mecanografiar y publicar bajo su sello. La librería fue clausurada durante la invasión cuando Beach, audaz y valiente, se niega a venderle un ejemplar a un oficial de la Kommandantur.

En el 33 de la rue Dauphine se hallaba el Tabou, una microscópica sala de jazz capital en la época en la que París se rehacía después de la II Guerra Mundial. Allí animaban la noche los hermanos Vian. Boris, el rebelde, tocaba la trompeta de bolsillo, (la trompineta), pero, al poco, aparca el instrumento por fallo en los pulmones y promueve el Club St. Germain des Prés, con (ni más, ni menos) Duke Ellington, Charlie Parker y Miles Davis. El maese Vian siempre estuvo contra las injusticias, la violencia y los reaccionarios en todos sus escritos, incluidas sus canciones, prohibidas tras Indochina.



Al viajero le hubiera gustado, para terminar la agotadora jornada, recomponerse con una dupla de vino blanco más ración de ostras variadas en el Café Procope, el más antiguo de París (1675), situado en la rue de la Comédie Française. Allí acudían Voltaire, Diderot, Danton, Marat, Robespierre o el mismísimo Napoleón Bonaparte a conspirar contra el orden establecido. También George Sand, Paul Verlaine u Oscar Wilde, en otro tiempo, pasaron largas horas tragando coñac, acodados en sus mesas. Pero de nuevo ha de conformarse con degustar unos cacahuetes variados y una pinta de rubia 1664 en una terraza próxima de la rue Buci, tratando de discernir si el regreso al pasado no sería mejor posponerlo hasta dentro de un mes, en plena vorágine de septiembre.

Javier Rambert

lunes, 10 de agosto de 2009

Cartas desde París. Hoy el Norte de Louvre Les Halles.

El segundo arrondisment brota del centro turístico de la ciudad hasta dar al norte con el Palais Garnier. Este quartier es un barrio comercial de pocos (pero selectos) vecinos, boutiques de moda, galerías cubiertas, deslumbrantes joyerías y cafés de postureo.



El viajero parte desde el 228 de la rue de Rivoli, lindando con el jardín de Tuileries, para avistar la La Salle du Manege, lugar mítico donde se promulgó, el 21 de septiembre de 1792, la primera República. Enfrente se levanta el majestuoso Hotel Meurice (100 gramos de caviar más copa Dom Perignon de 25 centilitros, 350 euros). A nadie le extraña que este emplazamiento sirviera, durante la invasión germana de los años cuarenta, como cuartel general al comandante supremo de las fuerzas nazis, Von Choltilz, traje gris plomo, cruz gamada, botas negras brillantes, colmillos sangrientos.



Es necesario salirse del carril de la masa para ascender por la rue de Richelieu hasta toparse con el piso donde se sacaba las legañas a principios del siglo XIX Simón Bolívar, admirador de Napoleón Bonaparte, defensor de la dignidad humana y libertador de media docena de países latinoamericanos (Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Panamá). El mero hecho de su combate por la solidaridad entre los pueblos y su independencia bien merecen unas perlas de sudor en la frente.



Hay que seguir el noroeste en la brújula para localizar, cerca del boluvevar des Italiens, la estrecha rue de Amboise, donde se hallaba la cama de Henri Toulouse-Lautrec, pintor de talento que desafió las convenciones (y la moral) inmortalizando a prostitutas en el número ocho de esta calle, ahora convertido en el Hotel Opera-Lautrec, hospedería de japoneses. Ojo, su don, como deducimos de sus memorias, no sólo provenía de la correlación entre mano y pincel: “soy como una tetera, patas cortas y pitorro largo”.


Siguiendo las huellas de los inmorales es visita obligada el 7 de la rue Mandar, domicilio y picadero de uno de los grandes seductores de la historia, el insigne Giacomo Casanova. El fundador de la Lotería Nacional Francesa se sirvió de la ciudad para gozar los (infinitos) placeres que las mujeres dispensan: damas de la alta nobleza, criadas, jovencitas recién salidas del convento… según Historia de mi vida hasta un total de 122, incluida su hija, a la que, gracias a su, ejem, varita mágica, trocó en madre.


Más por apartarse de la tentación que del vicio, el viajero abandona la senda de la lujuria y enfila arriba la rue Montmartre hasta la esquina con la rue Croissant. Allá por el 146 hay un café histórico que recuerda, con una placa y un ejemplar de L’Humanité, el asesinato, en agosto de 1914, de Jean Jaurès, número uno de la socialdemocracia francesa, que consagró su existencia a difundir por Europa la paz entre los pueblos: “Muy triste sería que no pudiésemos evitarlo. ¡Hay que declarar la guerra a la guerra!”.



Finalmente, el viajero toma por bueno el consejo que le dan de visitar a una bruja de uñas largas para atemperar sus ánimos. Para ello escoge el número 25 de la rue Beauregard, donde antaño tenía su consulta-laboratorio la Voisin, la hechicera más depravada e influyente de la historia de Francia. Luis XIV se puso tibio con brebajes elaborados con sangre de feto, esperma de sapo, víscera de cabrón e hígado de murciélago que le suministraba su amante, asidua a las misas negras oficiadas por la nigromante. Pero el edificio ha sido remodelado y no halla rastro alguno de magias milagrosas, por lo que suspira, hunde sus manos en los bolsillos y retoma la marcha.

Javier Rambert