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jueves, 11 de junio de 2009

La prueba de Sandy













Una vez me contó mi amiga Sandy que fue a ver Life acuatic de Wes Anderson con su compañero sentimental, una amiga y el nuevo novio de su amiga. Al salir, la reciente pareja de su amiga impregnó algunas palabras con su aliento a palomitas. Parece ser que dijo que la película del de Texas le había parecido un chascarrillo, una chanza, una tomadura de pelo. Mi amiga entonces no dijo nada, se limitó a apurar el refresco carbonatado y bajo en calorías de su vaso de cartón. Pero tiempo después me vaticinó que aquella pareja iba a durar lo mismo que una tormenta de agosto.
Y entiendo su pronóstico. Porque tuvo en consideración a su amiga y porque diagnosticó en aquel tipo algo más que una evidente carencia en su sentido del humor: su insensibilidad. Y es que Wesley Wales Anderson hace películas que ayudan al espectador a ser mejor persona. Cualquier discurso narrativo que tenga como objetivo hacer humanos más sensibles debería de reconocerse. Y más si esas cintas están bien contadas, son divertidas, tristes, creativas, están llenas de color y de buena música. Eso, convendrán conmigo, no es fácil encontrarlo.
Nuestro amigo Wes es un tipo peculiar al que le gusta el cine. En él vierte su universo particular protagonizado por perdedores entrañables que buscan su lugar en el mundo, es decir, cuenta la vida de la mayoría de nosotros. Por eso resulta tan accesible. Aborda las relaciones entre semejantes y consigue que a los personajes que han nacido de la tinta negra de su bolígrafo les crezca el pelo o les fluya la sangre roja por las venas azules. Porque les conocemos su condición imperfecta, les seguimos en su búsqueda y al final les sorprendemos en su catarsis, que si bien siempre se muestra agridulce, al menos, es real. Tras el The End de cada peli de Anderson uno tiene la impresión de tener nuevos colegas a los que poder invitar a un trago.
Sus películas tienen en común el optimismo macilento del tiempo contemporáneo: un coctel de comedia mezclado con austera melancolía. Sus guiones enseñan el sinsentido de la existencia, el costoso trabajo de buscar la felicidad, las informes relaciones humanas. Y para ello recurre a la raíz social en plena descomposición: el núcleo familiar, la amistad, la pareja. En sus historias también se percibe cierta indagación en lo femenino. Anderson rasca sin encontrar el delicioso misterio que esconden las mujeres. Todas sus féminas aparecen como más nos gustan: inteligentes, inalcanzables, ausentes, portadoras de un secreto que los hombres jamás comprenderemos.
Wes se rodea de sus amigos para hacer el trabajo y eso se nota. Los hermanos Wilson son un buen ejemplo. No sólo comparten sextetos de cerveza o le prestan sus ocurrencias para redactar los guiones, también le ponen cara a algunos de sus personajes. Y en sus películas sale Bill Murray, un tipo capaz de contar una historia con el arqueo de su ceja. Y también suele contratar a la inigualable Angelica Huston, cuya mirada negra puede tiznar el corazón más exigente.

En resumen, que recomendamos el trabajo del señor Anderson para pasar una bonita velada. Bottle Rocket, Los Tenenbaums, Academia Rushmore, Life acuatic, Hotel Chevalier o Viaje a Darjeeling deberían de venderse en farmacias. En serio. Hagan la prueba de mi amiga Sandy. Si sospechan que alguien no es de fiar siéntenle en un sillón y denle al play cuando ruede algo de Wes Anderson en el aparato reproductor. Por su reacción sabrán. Si es capaz de conmoverse es que es digno de engullir una ración de pizza a su lado. Si bosteza, va a calentar palomitas a la cocina en plena proyección o pregunta cuánto dura la película, pasen de él (o de ella). Está claro que es de cartón piedra.

William T. Coyote



sábado, 18 de octubre de 2008

Cuando vas con el malo....



La verdad es que no me convencen las historias de superhéroes ni en el comic ni en el cine, ni en el telediario. Y la primera de Batman con el rollo tibetano aquel y Katie Holmes en plan guapa-lista pues no sé que decirles, pero creo que este chico Heath, al que Beijing Chic ha dedicado y (tocamos madera) su única necrológica, ha hecho no sé si una obra maestra pero desde luego sí una de las interpretaciones más redondas que he visto en mi vida. La escena del hospital, la charla de dentro y la explosión de fuera, es de los momentos más alucinantes que he visto en una sala de cine. No me acuerdo exactamente de lo que decía la enfermera de los ojos ahumados pero me dejo flipada. Y a nuestro crítico de cine también... y eso si tiene mérito.



EL NIHILISMO LÍRICO DEL JOCKER
(Ver más abajo)

El nihilismo lírico del Joker

De la recuperación de Batman en El caballero oscuro de Christopher Nolan destacaría, por encima de todo, a su antagonista, el maníaco desalmado e implacable conocido como Joker. Y no porque Heath Ledger, el actor que le prestó los abdominales, los ojos vidriosos y la lengua viperina fuera hallado en su apartamento de Manhattan inflado de barbitúricos y se convirtiera en cuenco de lágrimas de jovencitas, sino por la profundidad filosófica y el penetrante atractivo del último personaje que vistió.

Las tablas del novísimo Batman se cimentan en un espacio romántico, a partir del cual, la labor del héroe no se limita a crear un mundo justo ni a exaltar la belleza del bien por sí solo, sino que trata de definir una actitud: el comportamiento como ética. De ahí que la nueva Gotham City se construya como una ciudad costera, abierta, transparente y luminosa en contraste con las fuerzas que la pueblan: el héroe ensombrecido, su lóbrego contendiente y toda la morralla atribulada que los acompaña caracterizada en maderos, delincuentes y anodinos picapleitos.
En este escenario propio del siglo XXI, Dios no existe. Lo han suplantado dos hombres cuyo último destino es colocarse a la misma altura que él. Por un lado, el ambicioso industrial Bruce Wayne, convertido en rebelde romántico tras la tragedia infantil, apunta en la dirección de la justicia y el orden. Por otro lado, el enigmático Jack Napier, convertido igualmente en rebelde romántico por un misterioso pasado, apunta en la dirección opuesta, al crimen y al caos.


Joker concluye la inexistencia de Dios por su indiferencia ante la maldad y la crueldad del mundo. Si Dios mata y niega al hombre, nada puede prohibir que él mate o niegue a sus semejantes. Para Joker la naturaleza es la libertad extrema, sin el freno de la ética, la religión o la ley. Su objeto es la búsqueda del placer personal como principio más elevado. Si el hombre murciélago reivindica el bien que hay en el hombre, es necesario convertir este bien en irrisión y elegir el mal. Debe de consagrar su existencia al proselitismo del crimen.

El héroe fatal, disfrazado de payaso, equivoca el bien y el mal por su metafísica y sus cicatrices. Se ve forzado a corromperse por la nostalgia de un bien imposible. Es una corrupción con clase, estilosa, se diría incluso con cierta poesía. Todo el mundo sabe que para ser admitido como poeta no hay que dislocarse la muñeca, ni condenar el balompié, ni vestir bufanda roja. John Milton afirmaba que para convertirse en poeta bastaba con ser maldito: “Adiós esperanza, pero con la esperanza, adiós temor, adiós remordimiento… mal, sé mi bien”. En este sentido, es evidente la creación de la identidad de Joker por medios estéticos, “morir y vivir delante de un espejo”, decía Baudelaire.

Un personaje maldito requiere un público, una necesidad de atención desbordada. Los demás son el espejo, por eso no duda en reproducirse hasta la saciedad, en exhibirse, incluso en televisarse. El maldito está siempre obligado a asombrar, perpetuamente en ruptura ante el mundo que lo contempla atónito.

Para Joker, si no hay virtud en el mundo tampoco hay ley. Es decir, todo está permitido. He aquí su nihilismo, la negación de todo principio, autoridad o dogma. El propio personaje declara que las leyes contra los ladrones son vanas: protegen a los ladrones originales, los ricos, los poderosos, contra los pobres que no tienen más remedio que robar. Argumenta que el estado no tiene derecho a prohibir el asesinato, ya que provoca asesinatos en forma de traiciones, ejecuciones y guerras… el nihilismo parece concluir así con un trasfondo utópico… pero no, Nolan, en un plúmbeo ejercicio de acción y efectos especiales con motos voladoras y ayudantes del fiscal martirizadas, lo resuelve en terrorismo, en la negación total por la bomba y el revolver, no sea que al final alguno prefiramos al payaso…

Guillermo T. Coyote


viernes, 23 de noviembre de 2007

Genio y Figura


Vi por primera vez a Fernando Fernán-Gómez (Lima, 1921, Madrid, 2007) cuando era alevín, acompañado de mi abuelo durante una sesión contínua en el desaparecido cine Consulado de la calle Atocha. En la oscuridad de la sala apareció en pantalla un tipo desgarbado en mangas de camisa blanca, con una cara peculiar en donde destacaba el pelo panocha en remolino y una narizota con la que hubiera podido competir con posibilidades en un campeonato de zanahorias. Durante aquella película, El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), quedé prendado por la voz grave y por el brillo derramado de sus profundos ojos azules. Me lo creí entero. Esa sensación auténtica y compleja nunca abandonó al actor en sus posteriores trabajos, aunque el guión o la película fueran un castigo.

Hijo de la actriz Carola Fernán-Gómez, escuchó sus primeros aplausos en el útero materno, deslizándose de él poco tiempo después en plena gira teatral por latinoamérica. Fue criado huérfano de padre, por su madre y su abuela (“Ellas se esforzaban en que me pareciera natural el hecho de no tener padre y yo me esforzaba en que ellas no se dieran cuenta de que yo me daba cuenta de que aquello no era normal”), en un momento en donde nuestro país adquiría un color grisáceo, apagado, y la vida había de soportarse con un ánimo de mármol entre las manos para pasar, sucesivamente, las etapas más lóbregas de la España reciente: guerra civil, posguerra y dictadura. A pesar de ello, el joven Fernando comenzó a improvisar chascarrillos y chanzas en compañías teatrales de aficionados (su primera oportunidad se la da Enrique Jardiel Poncela al ofrecerle el papel de Peter el pelirrojo en Los ladrones somos gente honrada, 1940), haciéndose actor, un oficio que no se avenía a su carácter y que, sin embargo, le iba a reportar una vida de bohemia. Esta iniciativa no le privó de adentrarse en otros ámbitos culturales. Abandonó la carrera de filosofía y letras por su cada vez mayor actividad como cómico profesional (llegando a participar en más de 150 películas como actor en 50 años de profesión), iniciando a la vez trabajos de escritor, realizador, dramaturgo o articulista con resultados destacados, componiendo una personalidad humanista, barbada de inquietudes culturales casi renacentistas.



En cine (toda la vida es cine), hay que señalar su mejor compromiso. Una oleada de ejemplos irrumpe en su filmografía: Domingo de carnaval (Edgar Neville, 1945); El anacoreta (Juan Esterlich, 1976); Belle epoque (Fernando Trueba, 1992); El abuelo (José Luís Garci, 1998); La lengua de las mariposas (José Luís Cuerda, 1999); o las dirigidas por él mismo: La vida por delante, 1958; La vida alrededor, 1959; El extraño viaje, 1964; la increíble El viaje a ninguna parte, 1986 (con una secuencia que es para enmarcar en las filmotecas); La silla de Fernando (David Trueba, José Luís Alegre, 2006) último estreno que fui a ver al cine y tan recomendable como una noche de placer, o el largometraje con guión suyo Las bicicletas son para el verano (Jaime Chávarri, 1984).

Afortunadamente Fernando es ya un mito, y los mitos pasan a la inmortalidad de la memoria (de los discos duros, de los deuvedés, de los libros). Sin embargo, hay que esforzarse por imaginar a Fernando preservando la actitud ante el mundo que le quedó en la infancia, lejos de las dolencias que le restaron resplandor en la mirada o rotundidad a la voz. Es preferible imaginarlo en su vida de noche madrileña, junto a Manolo Aleixandre, bajos dos sombreros de ala ancha, alternando entre cabarets, putas y amigos, prendido a una botella de licor.


Guillermo T. Coyote

jueves, 10 de mayo de 2007

Un étrange aventure de Lemmy Caution




La máquina Alpha 60 gobierna Alphaville, una misteriosa ciudad a millones de kilómetros de Nueva York, en una galaxia lejana de la hostia. Allí llega Lemmy Caution, detective. Es un tipo duro de verdad: cincelado sobre un témpano, con gabardina y sombrero, salido de una novela de Raymond Chandler al que la cámara sólo se atreve a seguir en blanco y negro, en silencio. Y llega a Alphaville en plena noche húmeda, y da un nombre falso en la recepción del hotel y dice, como todos los que ocultan algo, que es periodista.



A pesar de que estamos en el universo lejano, aparentemente no es un lugar tan ajeno, de hecho lo reconocemos todo desde nuestros ojos terrícolas: los edificios, las luces de la noche reflejadas en los charcos del asfalto, las mujeres bellas…, y sin embargo hay algo en el ambiente que nos incomoda, que nos obliga a permanecer alerta. Quizá porque dentro de la película se respira ese aire denso, apretado, que tamiza la vigilancia del poder. No tardamos mucho en advertir la oquedad de la población. No hay empatía. Si pedimos fuego para encender un pitillo sólo conseguimos una breve mirada y un enorme signo de interrogación. Los habitantes caminan como autómatas, sostenidos por los trajes negros y grises, las mujeres tienen números tatuados en la piel que las borran el atractivo y las deshumanizan, incluso el aire suena a metal. Los pasillos de los edificios son largos, sinuosos, enmoquetados. No hay agentes de tráfico, ni prensa, todo está sometido a la ley de la probabilidad.

No cabe duda, hemos dado con nuestros huesos en un territorio comprometido donde no parece que vayan a tocar los Rolling Stones. Estamos en un estado totalitario. Después de hacer unas cuantas preguntas es evidente que la tecnología ha sustituido al ser humano.

Alphaville narra el futuro, cuando los hombres con gafas se han hecho tan listos que son capaces de crear unas máquinas infalibles que trabajan para controlarnos y juzgarnos a todos. Esta historia ya nos la han contado en varios formatos, desde la literatura al cine pasando por la filosofía y el arte. Pero Jean-Luc Godard (París, 1930) nos la cuenta con un estilo impecable. Vuelve a decir aquello de que el hombre es un peligro para el hombre, pero con clase, en un extraño relato que mezcla el cómic y la ciencia ficción. No le hace falta mostrar bombas nucleares ni desplegar un decorado artificial con bombillas de colores. Es un tipo elegante, con el blanco y negro le sobra para crear la estética por arrobas. Y en cuanto a las armas, lo maravilloso es que La capital del dolor, poemario de Paul Eluard, es la munición más subversiva.

Pronto vamos a conocer al motor de la historia: Natacha Von Braun (Anna Karina), que (a parte de ser una preciosidad) nos guiará por este nuevo mundo. Es la que nos va a poner en antecedentes, la que nos va a enseñar Alphaville en toda su magnitud.



En la guía de turismo no lo pone, pero en Alphaville está prohibido llorar. La ternura es otra emoción que desconocen las máquinas y por tanto está penada. Ya digo que es un sistema perfecto, ordenado al milímetro, infranqueable para todos… salvo para nuestro nuevo amigo: el artero, Lemmy Caution.

Guillermo T. Coyote

viernes, 4 de mayo de 2007

Die Soprano



Era una casa de campo apartada a la que se accedía después de recorrer un sinuoso camino de tierra de dos millas de distancia. Al final del mismo, tras superar una suave elevación del terreno, se abría un claro de eucaliptos donde estaba construida. Tenía una amplia parcela de hierba descuidada en donde se adivinaban unos columpios oxidados engullidos ya por la maleza, un pozo abierto, y al fondo, como en un cuadro de salón, aparecía un pequeño embarcadero colmado de juncos, con un sencillo bote de pescador que se mecía con el agua cadenciosa del estanque. La casa era grande, de madera blanca, con tejado a cuatro aguas y un porche entarimado que cubría el acceso principal. Una desvencijada mecedora desafinaba con cada racha de aire y una ventana mal cerrada golpeaba insistentemente contra el marco que la sujetaba.

Toni D llegó en su Ford Dogde azul de alquiler. Una vez detuvo el motor, salió del automóvil, miró a su alrededor, y no vio más que las ramas de los árboles retorcerse con el viento. Observó luego por azar como un barbo destelló su lomo de plata en el centro del lago con un dinámico costalazo. Aquella visión le agradó, encendió un pitillo, se pasó el dorso de la mano por la boca y fue a descargar la compra del maletero.

En un par de minutos hubo terminado. Sostuvo las bolsas de papel con el brazo derecho y se acercó parsimonioso a la puerta principal arrastrando las suelas de las botas.
La enorme figura de Antonio Imperioli surgió entonces de la nada. Atravesó el porche de la casa con tres zancadas de plantígrado que hicieron gemir la madera. Se abalanzó sobre él y de un zarpazo seco lo envió al suelo. Las latas de conservas se desperdigaron a su alrededor. Toni D en el piso intentó revolverse, buscó el revólver en la tobillera, pero los diez dedos de Imperioli apretaban con fuerza retráctil la escopeta que lo encañonaba.

Toni D aún tuvo tiempo de parpadear antes de que sus sesos se seccionaran en rojo confeti y se fueran a incrustar como dardos en los peldaños de la escalera.

Imperioli entonces comprobó con la puntera de su zapatón que la vida de Toni D era ya historia. Echó el arma a un lado, se sacó los guantes de goma de sus garras y escupió un salivazo de satisfacción. El barbo volvió a saltar, allá en el lago, pero su resplandeciente chispazo ya no pudo ser visto por los ojos de Toni D, a pesar de que la mueca de su cara estaba orientada en esa dirección.

Guillermo T. Coyote

lunes, 16 de abril de 2007

La tentación vive al lado



Hablando de rubias, a Scarlett Johansson (Nueva York, 1984) me la imagino descendiendo por los escalones de entrada de algún edificio enladrillado del Soho, después de hacer unos recados, con una sonrisa distraída en la cara, ajustándose la bolsa de lona en bandolera. Me la imagino natural, echando a andar hacia el norte, buscando el Greenwich Village con unas gafas de sol redondas, amplios pantalones militares y unas zapatillas blancas de deporte.


Era un jueves cualquiera en la isla de Manhattan y en el cielo añil brillaba un sol estupendo. Scarlett ha madrugado porque le gusta levantarse pronto cuando está en Nueva York. Desde primera hora decidió dar esquinazo a la responsabilidad y tomarse el día para ella sola. Se duchó con agua muy caliente mientras iba tras la voz de Billie Holiday en The sound of jazz. Desayunó con apetito dos cruasanes en Harry´s ante una taza de café humeante. Buscó alguna exposición en la primera edición del New York Times que le apeteciera ver. Después de pagar seis pavos por la bollería, sus pasos se distrajeron con la mañana y fue paseando sin un rumbo definido. A ratos se detenía si algo le llamaba la atención y hacía un descanso. Por ejemplo, estuvo sentada a la sombra de un tilo viendo durante diez minutos como un grupo de niños y niñas salían de la escuela pública a hacer una excursión. Ella se quedó en el segundo plano de la secuencia, retenida por una extraña sensación interior, abrazándose las rodillas y pretendiendo apreciar la mañana con esa interrupción. Observó como brotaban un montón de cabecitas colegiales por la puerta con gorras y mochilas, por parejas, agarrados de la mano, vigilados por una atenta profesora que los conducía con orden hacia un autobús escolar.
A mediodía de paseo eligió pasar un rato en la cafetería del 158 de Bedford Street. Tomó asiento en una de las mesas del fondo y pidió un capuchino. Mientras el camarero negro maniobraba entre vapor, tazas y cucharillas, Scarlett ojeó a su alrededor las estanterías donde estaban apiladas cientos de revistas en todas posiciones y un rimero de libros sin orden aparente. Recorrió con la vista los lomos de algunos de ellos y sus ojos azules se detuvieron en un ejemplar cuarteado de El Guardián, de Salinger. Lo recogió y lo retuvo entre sus manos, y poniendo el dedo pulgar en el grueso de las hojas las fue pasando en abanico. El aire que impulsaban las hojas amarillentas arrastraba un olor dulce y húmedo que la cautivó. Pudo apreciar que novela tenía algunas páginas arrancadas, y otras escritas con distintos lapiceros, en diferentes caligrafías. Inusitadamente paró y leyó para sí misma el primer renglón en donde posó su vista: “Era una chica rara. No puedo decir que fuera exactamente guapa, pero me volvía loco. Tenía una boca divertidísima, como con vida propia. Quiero decir que cuando estaba hablando y de repente se emocionaba, los labios se le disparaban como en cincuenta direcciones diferentes. Me encantaba. Y nunca la cerraba del todo. Siempre dejaba los labios un poco entreabiertos, especialmente cuando se concentraba en el golf, o cuando leía algo que le interesaba. Leía continuamente y siempre libros muy buenos.”


A Scarlett la imagino así, sin más lascivia que el escote de su sonrisa. Una sonrisa en la que se embalsa el remanente de cierta nostalgia. La culpa seguramente es suya, por aparecer en mi vida andando por Tokio con un paraguas transparente, en silencio, envolviéndose en una especie de optimismo cálido y atrayente. Habría que prestar menos atención a su melena platino, a la piel tostada por el Pacífico o a los ojos claros. Darse sólo cuenta de la niña con coleta rubia que pasa desapercibida entre los ríos de transeúntes que ondulan las calles que conducen a Central Park…

Guillermo T. Coyote

lunes, 9 de abril de 2007

El arte de la épica

Un chubasquero es lo que se necesita para ir a ver la película 300 (Zack Snyder, EEUU, 2007), sobre todo si la intención es sentarse en una de las filas más próximas a la pantalla para ver los descuartizamientos y las ejecuciones bien de cerca para no perderse ningún detalle. La sangre, ya lo aviso, sale muy mal si se adhiere a algunos tejidos.
La película, adaptada del cómic homónimo del dibujante (de moda) Frank Miller, ha recaudado más plata en un fin de semana que el resto de las diez películas más taquilleras del año 2007 juntas, y supera con mucho (en todos los sentidos, económicos y artísticos) a los tres neopéplums anteriores Gladiator (Ridley Scott, EEUU, 2000); Troya (Wolfang Petersen, EEUU, 2004); y Alexander (Oliver Stone, EEUU, 2004).

La historia, que esquiva la fidelidad histórica (no sea que aprendamos algo), se basa en la mítica batalla junto al golfo de Malis que llevaron a cabo los griegos y los persas en las llamadas Guerras Médicas, en el 480 antes de nuestra era. El rey de Esparta, Leónidas I, un tipo que rellenó su curriculo vitae con una mancha de sangre, lideró una coalición de ciudades-estados griegas para enfrentarse al ejército persa que venía desde Irán con ganas de asaltar Europa a las bravas. La batalla esto es cierto, estaba descompensada: 70.000 helenos vs 420.000 persas. Se dice (Heródoto, lo dice) que Leónidas decidió que la mejor opción para hacer frente a su adversario era replegarse hacia el interior de la hélade. Para que fuera viable el plan, alguien tenía que contener a Jerjes, y como al pedir voluntarios todos los soldados del ejército empezaron a silbar y a trazar círculos en el suelo con las sandalias, el propio Leónidas reclutó a trescientos hoplitas espartanos (y a varios millares de voluntarios griegos) e hicieron frente al invasor en el paso de las Termópilas, un estrecho desfiladero de unos 12 metros del altura que (por lo visto) era la llave de Grecia. Los lacedemonios (o espartanos) constituían una de las fuerzas más pequeñas, pero debido a su reputación y a estar mazas a más no poder (recuérdese que al que era un poco escuchimizado lo despeñaban por un terraplén), llevaron la voz cantante en la lucha.
Hasta aquí la historia que 300 simplifica hasta el máximo contando una versión un poco chusta en la que implica al jorobado de notre dame, que se equivoca de peli y se mete en ésta para traicionar a los buenos, porque quiere ser un soldado espartano pero como es tan feo no le dejan ni que haga de cadáver.

En el lado negativo mencionar también el guión, con las frases pésimas de siempre, tipo: “he hecho lo que he hecho porque tenía que hacerlo”, “galdeano, tócamela con la mano” y rollos similares. Ya se sabe, palabras de digestión rápida, para pensar lo menos posible. Es una pena que no utilicen una de las frases griegas que precisamente pronunciaron ante aquella invasión y que seguro hubieran podido incluir en alguna parte del guión: “Los hombres podrán cansarse de comer, de beber, o incluso de hacer el amor; pero nunca de hacer la guerra”. De una actualidad pasmosa a pesar de sus 2.500 años. También es tremendamente nociva la parte que se desarrolla en Esparta durante la batalla: vana, fútil e intrascendente.

A su favor (sorprendentemente) algunas cosas. Está de puta madre el detalle de la lucha cuerpo a cuerpo, el salpicón sanguinolento bajo el color sepia, los destellos brillantes del acero destrozando cuerpos y la coreografía de la formación de ataque bajo los escudos. La acción está logradísima. Así como la producción ornamental, que hace de la pantalla un cómic satinado a lo bestia en donde se van sucediendo las viñetas y pasando las hojas (imaginarias) con el iris del ojo. Una producción muy estética donde los espartanos brincan, dan piruetas en el aire y acuchillan a cámara lenta en una argamasa formada por la destreza técnica de Matrix (Hermanos Wachowski, EEUU, 1999) y Sin City (Robert Rodríguez, etc. EEUU, 2005).
Lo más positivo es que se revitalice el género del peplum, que suele abundar en la tele patria por estas fechas. Un buen momento para revisar Espartaco (Stanley Kubrick, EEUU, 1960) que sigue siendo, de largo, la mejor película de romanos de la historia…

Guillermo T. Coyote